Han sido muchas las sensaciones vividas, momentos que quedarán grabados en nuestra materia gris para toda la vida. Cuando llegas allí te transportas en el tiempo, olvidas tus problemas cotidianos por unos días y entras a formar parte del pueblo, como un zafrillense más, de este minúsculo enclave perdido en los Montes Universales con poco más de 60 habitantes, menos de los que hay en mi comunidad de vecinos, a casi 1500 m de altitud, expuesto a las temperaturas más extremas de la Península, y donde si preguntas a alguien por la prima de riesgo, te contestarán que no conocen a nadie con ese nombre en el pueblo.
La vida allí transcurre de una forma monótona, la mayoría de los ciudadanos del pueblo son personas de la 3º edad, jubilados, que disfrutan de su merecido retiro tras muchos años de duro trabajo y su agenda diaria da poco más que para un paseo a media mañana, cuando el frío se atenúa un poco, y una reunión a primera hora de la tarde en algún lugar soleado para luego recogerse cuando de nuevo aprieta el frío o a lo sumo ir un rato a la partidita de cartas en el bar antes de retirarse a cenar.
No hay prisas ni sobresaltos, los días transcurren de forma pausada y son calcados unos de otros. Las fiestas navideñas, semana santa y verano, el pueblo está mucho más animado, pues lo visita mucha gente que vive lejos pero que nacieron aquí. Huyen de la gran urbe buscando tranquilidad y sosiego. Algunos incluso aprovechan para venir el fin de semana, aunque para ello se tengan que meter entre pecho y espada más de 1000 km.
El pueblo, al igual que muchos pequeños pueblos de España, se va deshabitando poco a poco. La mayoría de jóvenes se marchan a la capital buscando otro oficio que no sea el de cuidar ganado, que es lo único a lo que te puedes dedicar si te quedas aquí. Cuenta Goyo padre que cuando él era joven podían vivir más de 500 personas de forma permanente en el pueblo, e incluso las aldeas o rentos, como se les denomina en esta zona, también estaban habitados. Gloria, la madre de Goyo, nació en el Collado Verde de Arriba, y allí vivían bastantes familias, al igual que en La Veredilla o en la Casa del Cura. Se vivía de lo que daba la tierra, se labraba toda la tierra que circundaba al pueblo y había multitud de pequeños huertos diseminados por los alrededores donde se sembraba de todo.
Ahora apenas si se siembra algo, y las tierras antaño de labranza ahora son invadidas poco a poco por chopos o por pinos, que invaden estos territorios dejándolos baldíos. Los huertos solo son un espejismo de lo que fueron, con algunos manzanos, perales o nogales que luchan por no desaparecer también, engullidos por el avance del bosque de pinos que avanza poco a poco.
Inevitablemente el pueblo quedará vacío tarde o temprano, siendo solo visitado por vecinos ocasionales como nosotros, en navidades, semana santa o verano.
En algunos pueblos se está intentado frenar esta despoblación y se ofrecen casas prácticamente gratis para restaurar al que quiera iniciar una nueva vida en el pueblo y vivir de la agricultura y de lo que dan unas pocas gallinas, conejos u ovejas.
http://www.elmundo.es/espana/2015/01/10/54b14c80e2704e7c378b4572.html?a=a043b8aedc2fe9709a2fffab60a2166b&t=1420909151
La meteorología adversa del año pasado, con bastantes días de lluvia y viento, y finalmente nieve, no se ha repetido este año.Hemos tenido la gran suerte de disfrutar de días plenamente soleados, muy fríos durante la madrugada y a primera hora, pero con temperaturas excelentes a mediodía.
A pesar de eso, la rigurosidad de este clima de alta montaña se hace notar nada más llegar al pueblo. Y es que no se encuentra agua en estado líquido. Todo está congelado, y el río no corre porque está completamente helado, hecho una torta de hielo. Las temperaturas a mediodía son excelentes, y ni los más viejos del lugar recuerdan un enero como el de este año, con máximas superiores a los 15ºC. Y es que nada es ya lo que era. Quizá nosotros hayamos traído el buen tiempo desde Andalucía.
Pero conforme la tarde cae, se produce una caída brutal de la temperatura, comenzando por las zonas bajas, cercanas al río, donde tras ponerse el sol ya estábamos bajo cero. Y esa caída ya era imparable hasta la salida del sol, donde las mínimas se situaban entre los -5 y -8ºC. Nada extraño para los zafrillenses, que ni siquiera comentan la típica frase "vaya rasca que hace". Es algo habitual para ellos y no es objeto de ningún comentario.
Durante estos 6 días hemos aprovechado para hacer lo que se hace cuando uno va a estos sitios. Hacer excursiones por distintas zonas del término, y en mi caso, estaba muy interesado en visitar algunas zonas que aún no conocía.
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Yo he aprovechado para continuar con mi entrenamiento con vistas a la Maratón de Sevilla, a finales de febrero, y salía a correr una media hora antes hacia la zona que íbamos a visitar, y luego llegaba Goyo en el 4x4 con la familia. Atacar cuestas de más del 15% a más de 1500 m de altura, corriendo siempre con déficit de 02 ( un 15% menos que a nivel del mar) te da una idea de cómo estás físicamente. En mi caso me he encontrado realmente bien, y no me he sentido más cansado que si hubiera corrido a nivel del mar, lo que me llena de satisfacción y me hace ver con optimismo el objetivo de atacar la barrera mítica de las 3 h en maratón.
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En las próximas entradas iré desglosando las distintas excursiones que hemos realizado, la recogida de los 2 sensores (Umbría del Oso y Reclovilla) y la colocación de 2 sensores en sitios que pude comprobar que eran realmente heladores (Fuente del Tejo y la Fuente de los Curas), la Visita a la Morra y sus vistas sobre el Rincón de Palacios, a la Casa de Cura, a la Fuente del Tejo, a la Rocha, a la Hoya del Asno y al impresionante polje de la Fuente de la Nava.
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